Cada año, cuando llega el 25 de noviembre, las instituciones despliegan su escenografía lila. Vuelven las declaraciones solemnes, los mensajes calculados, las fotografías que pretenden transmitir compromiso. Pero basta correr apenas un poco el telón para descubrir que gran parte de ese compromiso es, en realidad, decorado. La violencia contra las mujeres no se combate con gestos simbólicos, sino con políticas valientes, recursos garantizados y estructuras que no reproduzcan desigualdad. Sin embargo, lo que presenciamos con demasiada frecuencia es justo lo contrario: una deriva institucional que privatiza lo que debería ser público, que mantiene en la precariedad los trabajos feminizados y que deja sin sostén a quienes ya viven en los márgenes.
En este escenario, se ha consolidado un clima político cada vez más hostil hacia el transfeminismo en Euskal Herria, hacia las personas trans y hacia todas las identidades que desafían la cisnorma. Lo que a primera vista podría parecer un conjunto de reacciones aisladas es, en realidad, el resultado visible de una ofensiva perfectamente articulada. Sectores de la derecha más reaccionaria han encontrado en la diversidad sexual y de género un campo fértil para sembrar miedos, fabricar tensiones y activar un discurso permanente de alarma moral. Se repiten los mismos argumentos, se calcan los mismos patrones, se construye la sensación de una amenaza inexistente y, a través de las redes sociales, cada mensaje se amplifica hasta convertir el odio en un ruido constante.
El mecanismo es simple y profundamente dañino: primero se desacreditan los proyectos transfeministas, luego se cuestionan identidades, se manipulan trayectorias, se siembran sospechas y, finalmente, se señala a colectivos enteros como si su mera existencia fuese una advertencia para el resto. En las últimas semanas hemos visto cómo diferentes feministas y activistas han sido acosadas por estos sectores, cómo sus nombres, sus cuerpos y sus ideas se convertían en diana para quienes necesitan enemigos que justifiquen su discurso. Desde Alternatiba queremos reiterar nuestro apoyo a todas las compañeras que sostienen los proyectos transfeministas y que ponen el cuerpo y la voz en primera línea. Si nos tocan a una, nos tocan a todas.
A todo ello se suma la expansión de la violencia digital, que se ha convertido en uno de los frentes más agresivos contra mujeres y disidencias sexo-genéricas. Lo que antes ocurría en espacios reducidos ahora se multiplica en cuestión de horas: acoso constante, campañas de difamación, amenazas directas, difusión de datos personales, vigilancia y señalamiento. Estamos ante una estrategia política que pretende expulsarnos del espacio público, silenciar voces críticas y enviar un mensaje inequívoco: hablar, existir, resistir tendrá un precio más alto para quienes desafían la norma.
Mientras tanto, las instituciones que alardean de compromiso con la igualdad demuestran una y otra vez su incapacidad para responder a estas violencias. No se trata de errores puntuales, sino de un patrón estructural: Escasa formación feminista entre quienes deberían acompañarlas, procesos judiciales que revictimizan, externalización de servicios esenciales, leyes migratorias que empujan a tantas mujeres a la vulnerabilidad extrema. Todo ello revela un sistema que sigue entendiendo la violencia machista como un problema individual, desconectado de un orden social que continúa privilegiando a quienes encarnan la norma cisheteropatriarcal.
La violencia institucional también es violencia machista. La ejercen los ayuntamientos que hablan de igualdad mientras desatienden los proyectos comunitarios que la sostienen. La ejercen las diputaciones que entregan servicios públicos esenciales a intereses privados. La ejerce un sistema judicial que provoca más miedo que protección. La ejerce un Estado que mantiene leyes que precarizan y excluyen a las mujeres y disidencias sexuales y de género. Cuando estas instituciones pronuncian discursos sobre igualdad sin cuestionar su propio papel, no solo fallan: contribuyen a perpetuar la misma violencia que dicen combatir.
En este contexto adverso, el feminismo sigue siendo el movimiento que más incomoda al poder. Incomoda porque señala lo que otros prefieren ocultar; porque nombra la desigualdad estructural; porque cuestiona el orden que algunos necesitan intacto. Incomoda tanto que el fascismo lo ha colocado entre sus objetivos prioritarios. No es casual. El feminismo desenmascara sus mentiras, desmonta su nostalgia autoritaria y rompe la ilusión de un pasado donde todo estaba “en su sitio”. Por eso lo distorsionan, lo criminalizan y lo ridiculizan. Y por eso afirmamos, una y otra vez, que sin feminismo no hay democratización real, ni justicia social, ni emancipación posible.
Decimos también que el feminismo será antirracista, o no será. No existe igualdad posible si se excluye a quienes más sufren la violencia del sistema. No habrá libertad para unas si no la hay para todas.
En pocos días, llenaremos las calles de Bilbo. Y al hacerlo, no olvidaremos la fuerza de quienes nos precedieron: las 11 de Basauri, a las que sostuvieron las vidas de las casas durante las luchas sindicales, las feministas que tuvieron que gritar más alto porque incluso dentro de sus propias organizaciones se intentó silenciarlas, las que rompieron los moldes. Ellas comenzaron a soplar ese viento de libertad que hoy seguimos alimentando, dando oxígeno feminista a una Euskal Herria que solo podrá construirse como un país antifascista si es profundamente feminista, y que solo podrá frenar a la reacción si es abiertamente antirracista. Aquella memoria es nuestra barricada; aquel viento, nuestra fuerza. Askatasun haizea gara.
La movilización popular sigue siendo nuestra herramienta más poderosa de transformación y de emancipación. El feminismo lo ha demostrado una y otra vez: en asambleas, en paros, en huelgas generales, en la defensa colectiva de la vida. Ha sabido hacer suyas luchas que siempre han sido también propias, desde la batalla contra el antigitanismo hasta la denuncia de la Ley de Extranjería, pasando por la defensa de los cuidados como un derecho y no como un negocio. Este 25 de noviembre volveremos a las calles en las convocatorias del movimiento feminista de nuestros pueblos.