Donostiako Alternatiba·
Lo ocurrido en Egia no puede banalizarse. Una persona migrante en situación de calle recibió tres impactos de un arma de aire comprimido disparada desde un balcón. Es una agresión que debe interpelarnos como sociedad, no solo por su violencia, sino por aquello que revela cuando determinadas vidas comienzan a ser percibidas como menos dignas de respeto y protección.
Aimé Césaire advirtió en Discurso sobre el colonialismo de la “gangrena” que corroe a una sociedad cuando acepta progresivamente la deshumanización del otro. Esa advertencia conserva hoy toda su vigencia.
Porque el racismo no actúa siempre solo. Puede entrelazarse con la aporofobia, con el rechazo hacia quien vive en la pobreza o en la calle, y con prejuicios construidos alrededor del origen, la cultura o la religión atribuida. La persona migrante, pobre y sin hogar puede quedar así situada en una intersección de exclusiones que facilita algo especialmente peligroso: dejar de verla como un igual.
Europa conoce demasiado bien las consecuencias de los procesos de deshumanización. El nazismo y el franquismo no aparecieron de la noche a la mañana. Antes hubo discursos que señalaron, prejuicios que se hicieron aceptables, derechos que dejaron de reconocerse por igual y demasiados silencios.
Hoy vuelven a escucharse discursos que convierten a las personas migrantes en amenaza y las responsabilizan de problemas cuyas causas están en otro lugar. También en Euskal Herria debemos preguntarnos qué sociedad estamos construyendo cuando esas ideas comienzan a encontrar espacio y cuando la pobreza, el origen o la situación administrativa sirven para establecer quién merece pertenecer y quién puede ser señalado.
No basta con condenar una agresión cuando ocurre. Necesitamos memoria, solidaridad y comunidad organizada: barrios capaces de reconocerse, cuidarse y responder colectivamente frente al racismo, la aporofobia y cualquier forma de deshumanización. Porque frente al odio, no alcanza únicamente con la respuesta institucional -algo que no se da en Donostia-, hacen falta también vínculos, redes y espacios comunitarios que no permitan que nadie quede aislado ni convertido en un objetivo fácil.
Porque el fascismo necesita indiferencia y confrontación. Nosotras y nosotros necesitamos justicia, memoria y comunidad.

