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Juguemos a la guerra cultural

Klaudia Ugarte Díez.
Ekintzaile feminista

Existir como mujer en internet es difícil. Esta es una afirmación que puede sorprender, pero que las personas cuya generación ha vivido la revolución de las redes sociales, los videojuegos en línea y el contenido de entretenimiento online—las generaciones que hemos sido protagonistas, en cierto modo, de estos cambios sociales y tecnológicos— conocemos muy bien. Había pocas reglas, pero una de las más importantes era nunca hacer pública tu identidad real, especialmente si eras mujer, o de otra manera no podrías participar en ese club de chicos.

Las cosas fueron cambiando a medida que aumentó la conectividad: los chats dieron paso a micrófonos y partidas que necesitaban comunicación entre jugadores, disminuyendo la anonimidad. Esto generó dos fenómenos: el primero, la ruptura de la visión hegemónica que se tenía del usuario por defecto como hombre blanco, occidental y cishetero; y la constatación de lo violento de ese entorno hacia las mujeres y las personas LGTBIQ+. Plataformas posteriores como Vine e Instagram diversificaron ese usuario: ahora había espacios supuestamente más participativos, más amables para estos sujetos no hombres. Sin embargo, rápidamente estos espacios se transformaron, volviéndose profundamente cisheteronormativos y patriarcales, incluso si muchas mujeres y personas LGTBIQ+ vieron en ellos lugares para crear comunidad y resistencia: el algoritmo comenzó a recompensar la conformidad y el enfoque comercial; las redes comenzaban a verse como un modelo de negocio.

En este contexto debemos hablar de lo que fue el GamerGate. En 2014, desde plataformas como Reddit, 4chan u 8chan, se organizó una campaña de ciberacoso masivo a través del uso del hashtag #GamerGate. En esta campaña, los objetivos principales fueron varias mujeres de la industria de los videojuegos, especialmente desarrolladoras y críticas feministas. La campaña de hostigamiento nos puede sonar reconocible hoy en día: miles de cuentas anónimas (hoy sumaríamos los bots) y organizadas, insultos, difamaciones, fotomontajes humillantes, mensajes dirigidos a intentar que perdieran su trabajo y doxeo (localizar desde dónde escribe o dónde vive la persona que se está atacando). Este caso es relevante no solo porque es paradigmático de dinámicas que hoy en día están normalizadas —incluida la luz de gas posterior a las víctimas, negando el ataque—, sino también porque nos permite sacar a la palestra la idea de guerra cultural, una idea que obsesiona a estos grupos de hombres en internet, grupos que han sido definidos acertadamente como la manosfera.

Podríamos definir el concepto de guerra cultural como el conflicto ideológico entre grupos sociales y la lucha por el dominio, por la hegemonía, de las ideas y las prácticas. El término se utiliza generalmente en asociación con las políticas contemporáneas en los Estados Unidos, definiendo dicha batalla como el enfrentamiento entre los valores «tradicionales» y los progresistas o de justicia social. Es precisamente entre los años 70 y 79 del siglo pasado cuando los movimientos neoconservadores comienzan a adoptar esa estrategia que hoy podemos ver en su máxima expresión con personajes como Steve Bannon. En ese sentido, los movimientos neoconservadores advirtieron de la necesidad de librar una «guerra cultural» para defender los valores tradicionales en pos de la regeneración moral. Esta idea se encuentra muy bien expresada en la famosa frase pronunciada por Margaret Thatcher el 9 de octubre de 1987: «A los niños que necesitan ser enseñados en el respeto a los valores morales tradicionales se les está enseñando que tienen un derecho inalienable a ser gays» (Children who need to be taught to respect traditional moral values are being taught that they have an inalienable right to be gay). Salvando las distancias, la frase podría recordarnos al pánico moral y al pin parental impulsado por algunos partidos de estado español o a la famosa frase de campaña de Trump: «Ahora ella (Kamala Harris) quiere realizar operaciones transgénero a los inmigrantes ilegales que están en prisión» (Now she wants to do transgender operations on illegal aliens that are in prison, PBS, 10/09/24). De esta manera, la batalla cultural es una estrategia política identitaria que busca que los votantes se identifiquen con unos supuestos bandos construidos desde falacias y presentando fenómenos sociales complejos como cuestiones maniqueas y sencillas. En ese aspecto, la estrategia de la derecha y la ultraderecha global es absolutamente identitaria y emocional: mientras dicen preocuparse por cuestiones importantes, observamos justo lo contrario; el más mínimo aspecto de la vida es ideológico y profundamente emocional para estos conservadores. Desde una recomendación por salud alimentaria, la defensa de los derechos más básicos de las mujeres o una película con una mujer fuerte, hasta la soledad… todo asunto es magnificado, alertando de que tras cada pequeña cosa se encuentra la caída de Occidente. Los bárbaros están a las puertas de Roma.

La manosfera está aquí para quedarse. A pesar de los logros transformadores de las últimas décadas, estos grupos masculinistas continúan acosando a mujeres, realizando campañas en contra de nuestros derechos y deseándonos ser violadas, eso cuando no directamente solicitan a la IA que nos desnude y nos haga follar para ellos, a lo que se suma la impunidad. Las mujeres y las personas LGTBIQ+ tenemos la certeza de no recibir justicia, ni desde instancias legales ni por parte de la moderación de esas redes sociales. Por esto mismo, frente a esta situación debemos realizarnos dos preguntas. La primera: ¿qué influencia tienen estas acciones en el mundo real? Sabemos que el odio nos expulsa de poder participar en esos espacios, pero además debemos considerar la influencia perversa que puede tener sobre hombres y mujeres de distintas edades y estratos sociales. La creación de comunidades tóxicas, las fake news, el refuerzo de los roles de género como un destino manifiesto natural frente a la volatilidad del mundo contemporáneo… nadie es inmune a la propaganda, especialmente cuando esta nos acompaña a todas horas del día y en todos los espacios. La segunda es más interesante y tiene que ver quizás con una sensación de responsabilidad: estos hombres se victimizan, se sienten injustamente tratados por la sociedad, oprimidos en exceso, aplastados bajo el yugo de nuestros tacones, de un feminismo que ha «ido muy lejos», que no les permite ser hombres, que les niega su identidad y su derecho a reafirmarse como hombres frente a las degeneradas. Es aquí donde debemos formular la pregunta: ¿cómo se nos puede pedir empatía para con aquellos que ni siquiera nos consideran seres humanos? Si para ellos no somos seres humanos dignos de derechos, ¿no haríamos bien en morder su mano en vez de ejercer, otra vez, los cuidados?

A pesar de todo, continuamos ancladas en el androcentrismo. Mientras se pone el foco en la manosfera y en el efecto de refuerzo del patriarcado que tiene sobre los hombres, las mujeres seguimos ignoradas. Por el contrario, la propaganda más fuerte y violenta del patriarcado que opera en redes va dirigida hacia nosotras, buscando nuestra complicidad. Esto no es casualidad: es una estrategia absolutamente coordinada y estudiada con un objetivo claro: quebrar el sujeto revolucionario de las mujeres, especialmente de las jóvenes. El sistema nos necesita para seguir marchando; necesita convertirnos en objetos de consumo; necesita vendernos poder en la opresión a otras mujeres; necesita que continuemos reproduciendo el régimen heterosexual… En definitiva, al igual que una broma sexista en un grupo de hombres, necesita nuestra risa cómplice, que pensemos que somos «uno de los chicos», que neguemos la violencia porque «a nosotras nunca nos hizo nada» y que, además, nos sintamos empoderadas o feministas en esta complicidad. Al fin y al cabo, ¿no era el feminismo esa cosa que hacíamos las mujeres? Frente a esto debemos mantener una actitud clara: no somos cómplices, no os vamos a reír las gracias… la única forma de avanzar es que, por una vez, les hagamos sentir incómodos, al menos tanto como ellos a nosotras.

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